Cuando el mundo se fue a la mierda, muchos nos volvimos un estorbo. Cuando dos de cada tres humanos se transformaron en animales rabiosos, entonces, los contadores, corredores de bolsa, banqueros, artistas, editores, creadores de páginas web, agentes de viaje, tweetstars, youtubers y rockstars dejamos de ser necesarios. Los veganos que aprendieron a cultivar en las azoteas y los psicópatas se volvieron los reyes del mambo postapocalíptico que bailábamos a regañadientes.
Yo trabajaba coordinador de las Salas de Lectura de la Ciudad de México. En un mundo donde ya no había libros, darme comida era tirarla a la basura. O al menos de eso me convenció Rogelio, a quien tuve la mala fortuna de conocer en la secundaria. Él era un deportista nato y desde los trece su cuerpo era enorme. Creció en la política estudiantil como hongos en alberca pública, estudió criminalística e ingresó a la policía judicial a los veinticuatro. Rebeca, mi novia, siempre me prefirió a mí, que leía, veía cine de arte y no tenía prejuicios con el sexo; además, era listo y amigable. Estudié Letras Francesas y una maestría en algo que ya no importa. El día que todo se salió de control, me ascendieron a coordinador regional. Me iba a alcanzar para el enganche de un departamento en la Roma.
Rogelio permaneció en mi vida por Rebeca. Además de que intentó conquistarla sistemáticamente, compartían tiempo laboral: Rebeca era periodística y Rogelio llegó a ser el vocero oficial de no sé qué división policiaca. Con la epidemia extendiéndose, se convirtió en “amigo de la familia”; cada vez lo veía más y más en el departamento. Cuando mis padres venían a cenar, Rebeca siempre lo invitaba. Siempre. Rogelio era un idiota de la peor clase: un idiota que sabe ocultar que es un idiota. Un cabrón lo suficientemente sagaz para caer bien. A mi madre le encantaba, decía que era un auténtico caballero. Mi padre lo respetaba porque “tiene disciplina y sabe lo que es joderse”. Rebeca también caía en su hechizo. Me decía que no era tan malo, que Rogelio tenía una visión del mundo diferente, tal vez contraria a la mía, pero racional y respetable.
Durante esas insufribles cenas, mientras masticábamos espagueti al pesto, los labios mudos de Rogelio decían “Me voy a quedar con tu vieja”. Lo decían lento, sin furia, con total confianza. Qué hijo de la chingada.
El mundo, pues, se fue a la mierda. Abandonamos las ciudades en un éxodo de proporciones bíblicas. El que nos guio por el desierto e hizo que de una piedra saliera agua fue Rogelio, líder indiscutible de nuestro campamento. Imponía orden con su sola presencia. Yo tuve una trayectoria inversa: no servía para construir, siempre tenía diarrea y los infectados me paralizaban de miedo.
“No podemos desperdiciar recursos en elementos inútiles”. Eso me explicaron la mañana que fui echado del campamento. Le supliqué a Rebeca que abogara por mí, intenté negociar: lavaría la ropa de todos, limpiaría las letrinas, lo que fuera menos enfrentarme a las llanuras de no muertos; pero ella, con la cara hinchada de culpa, dijo que estaba de acuerdo con los demás.
Rogelio me ayudó a empacar ropa y algo de agua.
—Esto por el bien de todos —dijo, mientras me tomaba de la nuca con cariño—. Si fuera por mí, te quedabas. Somos amigos. Amo a Rebeca pero siempre respeté su decisión. La voy a cuidar, no te preocupes. Soy consciente y tú también, por eso entiendes lo que estamos haciendo
La verdad es que sí lo entendía, pero no me agradaba la idea de morir a dentelladas. Rogelio leyó mis pensamientos.
—Toma —me entregó un revólver—. Es mi Smith & Wesson; estas no se encasquillan, aunque las metas en lodo. Solo le queda una bala y es para ti.
Maldito. Tal vez Rebeca y mis padres tenían razón, tal vez el campamento entero tenía razón. Tal vez Rogelio no era un hijo de puta. Tal vez era él a quien más necesitábamos en estos tiempos de orfandad.
Me acompañó hasta la salida del campamento. Cuando me abrazó, lloré.
*
Caminé durante horas por el bosque, haciendo una lista del mundo que ya no existía: las entregas prime de Amazon, Netflix, el freelanceo, el microondas, la sopas Maruchan, el cine 4DX, los condones texturizados. Cómo deseé no haber tomado mecanografía en la secundaria; hubiera elegido electricidad o torno. Mierda, hasta dibujo técnico era mejor opción.
El sol brillaba como si fuera domingo. Me detuve a tomar un poco de agua y, de repente, gruñidos sincopados, in crescendo. Corrí a la punta de una colina: cien, mil, dos mil, carajo, podrían haber sido un millón de infectados. Se detuvieron e incontables cabezas desencajadas giraron hacia mí. La horda modificó su rumbo. Juntos parecían una gota de mercurio sedienta de sangre humana. Desde lo alto, descubrí una cabaña a un par de kilómetros. Si utilizaba todas las fuerzas que no tenía, podría lograrlo. Corrí como si solo eso hiciera falta para salvarme. La adrenalina me hizo esquivar árboles y raíces con habilidad e montañés, no sentía dolor ni cansancio, estaba decidido por primera vez en mi vida. Si Rebeca pudiera verme…
Llegué. La puerta estaba cerrada. Entre por una ventana. En la sala había adornos de Navidad. Recordé: desalojamos las ciudades un veintitantos de diciembre.
La horda rodeó la cabaña. Los gemidos se intensificaron con virulencia. Me encerré en un cuarto al azar; el baño. Escuché vidrios, madera y tela romperse: los jinetes del Apocalipsis reclamaban mis muslos tiernos. Imaginé las esferas al caer, el heno seco del Nacimiento, las series de luz fundidas, los villancicos, el lomo en salsa de cocacola, un puie putrefacto que aplastaba al niño Dios. Me acurruqué junto a la taza y saqué el revólver. Quise terminar mi vida con estilo:
—¡Feliz Navidad, cabrones! —grité.
Puse el arma en mi sien y jalé el gatillo una, dos, tres veces. Nada. Abrí el tambor. Vacío. Una mano rompió la puerta de madera. Rogelio me había ganado una vez más. La definitiva.
#cuentosdeNavidad